26
Ene-2017

Siguiendo tu camino. Mano pesada, corazón ligero

Aikido   /  

Ya me lo había dicho Sensei Yamada: “Recuerda que en enero se hará oficial tu promoción”; palabras más, palabras menos. Fue lo que sucedió cuando recibí el Quinto Dan, estabamos en su oficina de New York Aikikai, diferentes temas se cruzaban en nuestra conversación cuando de repente me lo dijo; yo no lo esperaba, menos el alumno que me acompañaba, sólo acerté a darle las gracias, dudando que fuera lo correcto ja ja ja… ¿se dan las gracias por ello? Aún tengo esa duda.

Siguieron los días de práctica en su Dojo de New York y, como siempre, el cuerpo dolía pero el sentimiento era reconfortante; el Aikido siempre me ha dejado un cansancio pleno de energía. No recuerdo si yo me iba o él salía a dar un seminario, me dijeron que me estaba esperando en su oficina, sacó una bella foto en donde aparece de espaldas sentado en un puerto con una franela que dice Aikido en la espalda, la firmó y dijo: “es para que la pongas en tu sanitario”. Se río y yo más; ahora la foto está enmarcada en un muro del Dojo, nunca llegó ni llegará al sanitario. Esta breve historia cuenta un poco mi relación con Yamada Sensei: no muy cercana, nada lejana; también cuenta un poco mi paso a Quinto Dan.

No se siente nada diferente. Como hace muchos años y, aunque suene trillado, veo que el horizonte es vasto y que aún hay mucho por aprender; movimientos, relaciones, posturas, reacciones… es una de las cosas que me encanta del Aikido, es un arte orgánico y por ello infinito.

Ahora que lo pienso sí se siente algo diferente, y es que mi cuerpo ya no es el mismo; cuando inicié parece que 6 o 8 clases al día no eran suficientes, ahora el cuerpo comienza a cansarse un poco, estoy menos joven (por no decir que me estoy haciendo viejo).

Gracias al duro Sensei Aldana, quien fue el primero en enseñarme algo del Arte, en ponerme al frente de una clase y con el que compartí tantos entrenamientos sólos, varias veces recibí sus técnicas en exceso rudas (desde mi punto de vista) y, sin duda, aprendí mucho de su perseverancia; un tipo duro, un Sensei con todas sus letras. A la Bibi también debo dar las gracias pues ha soportado que el tiempo del Aikido reste a nuestro tiempo juntos. A los incontables compañeros de camino con quienes he compartido el tatami en algún momento.

El texto que acompaña esta reflexiòn se hallaba en traducción desde hace unos meses atrás y lo retomé pues quería reflexionar acerca de la muerte de varios Aikidokas de la última generación que conoció a O´sensei, del futuro del Aikido con esas muertes y el pesimismo de varios acerca del provenir del arte cuando, los que alguna vez fueron tocados por O´sensei, se hayan ido. Coincidió con mi promoción de Dan y por ello alargué un poco la introducción.

¿Qué debemos hacer los que quedamos cuando nuestros maestros, dentro de los cuales se encuentran aún unos pocos guiados directamente por el fundador, se hayan ido? Personalmente pienso que nada diferente a seguir caminando y señalando la ruta, no podemos pretender que las personas caminen el mismo rumbo nuestro, unos darán los mismos pasos y seguramente cometerán los mismos errores; otros tomarán rutas diferentes, más rápidas para llegar a ciertos lugares, menos eficientes para llegar a otros.

Hace poco conversaba con un profesor amigo, él decía que nada iba a ser igual a lo que ellos han hecho, se refería a los alumnos de O` Sensei; yo estoy de acuerdo por muchas razones: épocas, culturas, tiempos. En cambio, sí nos corresponde a los que quedamos y creemos en este camino traducir el mensaje a nuestro momento y lugar, vivirlo y ayudar a que otros lo vivan. Querer ser alguien diferente a lo que cada uno de nosotros es, es como intentar traducir el sabor de la comida en palabras que produzcan la sensación: las palabras no saben, por más intentos nunca lo han logrado.

El texto sobre Sensei Murashige que está abajo es sobre alguien que vivió y, de alguna manera, mostró una forma de andar por y con el Aikido. Nada más se puede hacer: ir a entrenar, comprometerse con un sentir, cuidar a los compañeros de camino, resolver situaciones sin herir, hacer una y otra vez las técnicas, tomar una y otra vez los ukemis, y de paso divertirse haciéndolo. Nada más… Seguir el propio camino.

Sin más preámbulo va un texto en memoria a Murashige Sensei, quien dio su última clase de Aikido tres días antes de morir.

Yesid S

Mano pesada, corazón ligero: Morihiko Murashige Sensei, 7mo. dan, Shihan.
26,feb,1945 – 11 oct,2013

Jueves 26 de Diciembre de 2013
Por: Benjamin Pincus**

Algunas personas afirman haber sido tocadas por las alas de los ángeles; yo creo poder afirmar que fui lanzado, inmovilizado y asfixiado por un juguetón y entusiasmado diablito. Vi a Murashige Sensei por primera vez cuando visité el San Diego Aikikai, varios años antes de unirme al programa kenshusei de Chiba Sensei.

Tal vez debería empezar con la leyenda porque las historias que construimos determinan mucho de cómo comprendemos la identidad y el alma de una persona. El padre de Murashige Sensei, Aritoshi Murashige, fue alumno directo de Jigoro Kano, fundador del Judo. Eventualmente dejó el Judo para estudiar Aikido con O’ Sensei. Famoso por su habilidad y su intensidad como artista marcial, inspiraba miedo; describiendo su visita a Hombu Dojo afirmó Chiba Sensei, “me daba mucho miedo”; no era poca cosa, viniendo de alguien que también llegó a inspirar algo de incomodidad. El padre de Murashige Sensei tenía una tremenda presencia; según las historias, incluso los bebés consentidos dejaban de llorar cuando él entraba a la habitación, como si instintivamente detectaran al depredador.

Muchas historias son bastante obscuras también. Aritoshi Murashige fue ejecutor del ejército japonés durante la guerra, en China. Como podrán imaginarse, sus hijos estuvieron sujetos a intensos métodos de instrucción marcial. Murashige Sensei, decía poco sobre su padre, pero cuando le preguntaban sobre cómo aprendió Aikido, decía con su típico modo chusco: “Iba a la escuela y siempre me pegaban. Voy con mi papá, aprendo más Aikido y regreso a la escuela y me pegan otra vez. Entonces aprendo más Aikido y ya nadie quiere pelearse conmigo.”

También he escuchado muchas historias sobre Murashige Sensei. Cuando llegó a Estados Unidos apostaba en los bares, retaba a la gente a pelear. Inevitablemente apostaban a favor del musculoso parroquiano del bar en vez del pequeño y callado japonés. O también está la historia de su asalto en Central Park, cuando Manhattan era una zona de conlficto y los turistas japoneses eran blancos fáciles dada su tendencia a llevar consigo grandes cantidades de efectivo. Sensei apenas sabía inglés, pero levantó su reloj y dijo “you want this?” [“¿quieres esto?”]. Cuando el ladrón voltea a ver el reloj, Murashige Sensei usa uraken uchi, la misma mano del reloj, para golpearlo en la cara y se marcha despreocupado.

Menciono estas historias porque Murashige Sensei aparentaba la ferocidad de su padre y su pasado marcial, junto con su espíritu juguetón e idiosincrático. El lector se lo imaginará con un carácter difícil, pero Sensei era divertido, juguetón y travieso. En un dojo famoso por su marcial intensidad, su práctica seria y rigurosa, Sensei era el bufón del grupo. Corríamos como pollos descabezados mientras Sensei hablaba como un niño en vacaciones. Lo recuerdo poniéndole una gota de crema al whisky de Chiba Sensei cuándo él había abandonado brevemente su lugar en la mesa un viernes durante la cena. Luego, como un niño pequeño, soltaba risitas con una sonrisa maravillosa de complicidad en la cara.

Murashige Sensei describía ser proyectado por O’ Sensei como algo mágico y místico: “Un momento estaba de pie y al siguiente en el suelo”. Decía no tener absolutamente una idea de qué había pasado y de cómo el mundo se había movido. De manera similar, el ki de Murashige Sensei era inexplicable; un pequeño y delgado hombre, parecía que su poder no venía de ningún lado. Si capturabas su técnica en la quietud de una fotografía, podía parecer desbalanceado y sin gracia. Pero su apariencia despreocupada y su constitución pequeña escondían tremenda fuerza interior, sincronización y sutileza. Sus hombros estaban relajados y libres de tensión y sus manos suaves y extendidas como fuera a cargar a un bebé. O a golpearte el abdomen. También lanzaba con increíble poder y calma: Su iriminage había estudiado la soltura y virtuosismo del bateo beisbolístico del gran Sadaharu Oh* contra una bola fácil (Sensei me hacía tomar ukemi en iriminage bloqueando su proyección con el brazo para reducir la posibilidad de lesión). Poder suave, lo llamaba. Nunca antes sentí algo así.

¿Creo en la magia? Si definimos la magia como una sensación de asombro ante lo inexplicable, entonces creo que Murashige Sensei tenía magia (si aún estuviera con nosotros, me corregiría; lo llamaría “el Poder”, en su lugar y luego me lanzaría varias veces bastante lejos. Una vez me dijo, “mi padre también tenía “el Poder”). Su capacidad técnica y su habilidad para relajarse, le permitían acceder a cantidades de poder sorprendentes, sobre todo considerando su constitución delgada. Muy pocos sempai, incluso alumnos del Fundador, parecían tener acceso a esa tipo de poder misterioso. Supongo que él siempre llevó una vida con encanto en otros sentidos también.

Sensei tenía una afección cardiaca causada por contraer la enfermedad de Kawasaki cuando niño. Esta enfermedad, sin tratamiento, suele ser mortal para sus víctimas jóvenes. Aparentemente él vivió más tiempo que ningún otro en EEUU con esa enfermedad. Frecuentemente me pregunto si su perenne buen humor tenía algo que ver con la conciencia de su propia mortalidad. ¿Por qué enfocarse en lo conocido cuando puedes practicar Aikido, reír, amar a tu familia, beber cerveza, comer sushi y preparar buena comida? ¿Qué más hay en la vida?

Lamento el fallecimiento de un gran maestro. Tengo tantos recuerdos. Sensei, cerveza en mano, demostrando un “no inch punch” [golpe sin distancia], con Matt Desmond en la fiesta del dojo. Matt es un hombre grande, actualmente en las Fuerzas Especiales. Él estaba de pie, manteniendo una estable postura de hanmi y Sensei estaba en su silla; empujó a Matt a varios pies de distancia sin derramar su trago.

En uno de sus momentos de mayor seriedad, Sensei me explicó su secreto: “Mano pesada. Por fin descubrí el Poder”, como si fuera algo obvio y simple (una vez dio la explicación esotérica de que, “el poder de Chiba Sensei viene de aquí” -señalando su pulgar- y “mi poder, viene de acá” -meneando su dedo meñique. Incluso una vez Chiba Sensei, alumno directo del Fundador, nos dijo una vez, “aprendan de él, él hace cosas que yo no puedo hacer”.

Lo recuerdo amigable y divertido, también me acuerdo, ¡claro!, su mortífero y relajado iriminage, con tan poco esfuerzo muscular y tanta energía. Recuerdo sus rápidos atemi (golpes) y sus clases de sutemi waza: hacía locas técnicas de sacrificio de la nada y luego una sonrisa traviesa cuando volvía a levantarme. Era difícil no sonreír a pesar de la intensidad. Mano pesada, corazón ligero y mucho ki. Buena suerte en su viaje final, Sensei. Muchas gracias por su enseñanza y su maravilloso espíritu.

Breve biografía:

Nacido en Yamaguchi-ken en 1945, Murashige comenzó a estudiar Aikido cuando era adolescente con su padre, Aritoshi Murashige. Se mudó a Tokyo para entrenar en Hombu Dojo con Morihei Ueshiba, entre otros, con Seigo Yamaguchi, Yoshimitsu Yamada, Kazuo Chiba, Mitsunari Kanai y Terry Dobson. Citaba a Yamaguchi como su mayor fuente de inspiración. Dio clases en New York Aikikai, con Yamada Sesnei durante tres años empezando en 1965, antes de regresar a Japón. Volvió a San Diego, donde trabajó como chef de sushi. En 1981 también enseñó en San Diego Aikikai, con Chiba Sensei, alumno directo del Fundador, se fue de este dojo para enseñar en Jiai Aikikai de San Diego donde dio clases de Aikido hasta tres días antes de su muerte el 11 de octubre de 2013.

*Sadaharu Oh rompió el record de jonrones: 868 durante su carrera beisbolística en la ligas mayores japonesas. Famoso por su bateo en postura de flamingo, mantenía su pierna derecha encogida arriba justo antes del lanzamiento. Oh practicó Aikido para mejorar sus habilidades de bateo y atribuyó su tremendo éxito a dicha práctica. Esta postura de pata de flamingo era efectiva a causa de que exigía mucha confianza en su equilibrio a pesar de la falta de balance que producía. De modo similar, Murashige Sensei a veces pararentaba desbalance a causa de su extremadamente relajado método interno de Aikido, pero su cuerpo estaba tan integrado que le permitía proyectar a gran distancia con un mínimo de esfuerzo. Yo he sido lanzado frecuentemente por personas con mayor masa corporal que la mía, pero es una experiencia muy diferente cuando me proyecta alguien de una estatura más corta, como Murashige Sensei.

**Benjamin Pincus es el instructor en jefe y director ejecutivo de Aikido of Champlain en Champlain Valley, ubicado en Burlington, Vermont. Aikido of Champlain es una asociación no lucrativa dedicada a crear una comunidad sustentable y un mundo apacible a través del estudio del arte marcial japonés tradicional que es el Aikido.
Extraído de
http://www.burlingtonaikido.org/3-heavy-hand-light-heart-morihiko-murashige-sensei-7th-dan-shihan-feb-26-1945-october-11-2013/

Traducción: Uriel Hernández
Revisión: Atziri Servín

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